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Diario del Misterio

Masada: Fuerza y Honor

Jose Manuel García Bautista

Masada es una gigantesca fortaleza rocosa que se eleva al oeste del Mar Muerto, en medio de las arenas desérticas. Allí, el año 73 d.C., los hebreos librar: su última y gloriosa batalla contra los romanos: caída ya Jerusalén, caída toda la Tierra Santa, un puñado de r.-. roes resistió por mucho tiempo y sin esperanza alguna l asedio de las legiones guiadas por el general Silva. De: pues, cuando los romanos abrieron brecha en las murallas, los defensores, en una escena de trágica grandiosidad, se dieron muerte entre sí, prefiriéndola a la esclavitud.

La resurrección de una fortaleza tan rica en historia  y en prestigio no podía sino fascinar el ingenio de Yigael Yadin. ¿Es necesario agregar que estableció esta empresa en gran escala con recursos poderosos, con perfecta e.. ciencia? Pero quizá la idea más brillante haya sido la de los voluntarios,  que  mediante  un  anuncio publicado en la prensa local y en el “Observer” londinense, acudieron en cantidad, atraídos por la fascinación eterna de la arqueología; estudiantes y profesores, secretarias administrativas y modelos, obreros y doctores, bibliotecarios y artistas, mayordomos y abogados, dentistas y guías tu­cos, tipógrafos y cineastas, domadores de fieras y .: antes de violines! Bajo el calor sofocante del desierto, algunas muchachas no tardaban en ponerse una bikini; y Yadin, que no carece de humorismo, comentaba que su ansia por descubrir los antiguos escombros era evidentemente igual a la de descubrirse ellas mismas...

Descubrimientos decimos, como se presentan con prestigiosa claridad. Y en seguida advertimos los hallazgos reflejan, con admirable correspondencia, páginas que un gran historiador de la antigüedad, Flavio Josefo, nos ha dejado sobre la última hazaña de los defensores de Masada. Es posible que nunca como en este caso las fuentes históricas iluminen los hallazgos arqueológicos y viceversa, en un fecundo intercambio de elementos del cual deriva la orgánica resurrección del pasado. Esto, sobre todo, en cuanto a quien construyó la inmensa fortaleza, nada menos que el famoso Herodes, protagonista del relato evangélico sobre la matanza de los inocentes. Estamos en los últimos años antes de Cristo y el rey, como explícitamente narra Flavio Josefo, crea en Masada un lugar para la defensa y para lujosa morada al mismo tiempo:

“Es fama que Heredes hizo construir esta fortaleza para sí, para defenderse de dos peligros: porque temía que los hebreos pudiesen destituirlo y reinstalar en el gobierno al anterior rey de ellos, y por otro peligro más grande y terrible que provenía de Cleopatra, reina de Egipto, quién no ocultaba sus intenciones, sino que hasta las había mencionado con frecuencia a Marco Antonio. Cleopatra deseaba que Marco Antonio quitase a Herodes todo poder, e insistentemente le pidió que le acordase el reino de Judea. Y es por cierto muy extraño que Marco Antonio nunca haya accedido a tal deseo, ya que era totalmente esclavo del amor hacia ella, y nadie se habría extrañado de que su pedido hubiese sido satisfecho. Fue así que por el temor a estos dos peligros, Herodes construyó Masada”.

En las estructuras que resurgen claramente a la luz, la ciudadela se nos presenta circundada por fortificaciones que siguen toda la arista externa del peñasco. Sobre el lado norte, sobresaliendo hacia adelante como un tajamar se encuentra la residencia privada del soberano, distribuida en tres terrazas que descienden hacia el valle: la  más alta con las habitaciones, la del medio con una especie de galería formada por un elegante edificio circular con doble hilera de columnas, la inferior también con galería para banquetear y gozar del panorama, constituida por un edificio cuadrado de columnas con pinturas que imitan los colores y el veteado del mármol. 

Siguiendo de norte a sur dentro de la ciudadela, un gran edificio termal permitía los baños con las diversas graduaciones de calor,'mientras que lo coronaban vastos edificios destinados a las administraciones y espaciosos almacenes. Estamos todavía en exacta correspondencia con las palabras de Flavio Josefo: "Había aquí cuantiosas provisiones de cereal, y en tal cantidad que habrían bas­tado para mantener a la gente por un largo período. Ha­bía además aceite y vino en abundancia, y se había guar­dado allí todos los tipos de legumbres y de dátiles... Cuando el lugar fue conquistado por los romanos -me­jor dicho, cuando los romanos se apoderaron de los ví­veres que se había economizado-, estos no habían va­riado en nada. Y creemos no andar errados al pensar que los víveres se conservaron tanto tiempo a causa del aire, pues la fortaleza se encuentra tan alta que no llegan allí partículas de sustancias infectas. También se encon­tró allí gran cantidad de armas de todas clases, que ha­bían sido acumuladas por el rey y habrían bastado para diez mil hombres".

Todavía más al sur, sobre el borde occidental del peñasco, se eleva el más grande edificio de Masada, el palacio real con funciones de morada, de administración y de representación. Un excepcional suelo de mosaico, que reproduce en vivos colores motivos geométricos y vegetales, ha surgido de las excavaciones y constituye una de las más antiguas y estimables manifestaciones de este arte (Fig. 26). En el mosaico no hay figuras humanas, lo cual indica el homenaje que Heredes quiso rendir a los principios religiosos de su familia y del ambiente hebrai­co. Un hecho significativo: no lejos del palacio se hallaron cinco residencias menores, sin duda utilizadas por los fa­miliares del soberano. 

Por último, las murallas. Dice Flavio Josefo: "Herodes circundó toda la cima de la colina con murallas de un ki­lómetro y medio de largo, hechas de piedras blancas, de cinco metros y medio de alto y tres metros y medio de ancho. Sobre estas murallas se levantaban treinta y ocho torres, cada una de veintidós metros de alto, de las cuales se podía pasar a edificios más pequeños, construidos en el interior de toda la muralla". Las excavaciones han sacado puntualmente a la luz este poderoso sistema defensivo. Al mismo tiempo ha resultado claro que precisamente aquí, en los pequeños aposentos excavados entre el muro externo y el interno, se amoldaron a habitar los últimos defensores de Masada. ¡Y qué sugestivo fue ver surgir de la tierra modestos instrumentos de la vida cotidiana, desde lámparas a ollas y broches, desde cestas de hojas de hojas de palmera, hasta cucharas y espátulas de hueso! Tampoco faltan los artículos de tocador para las señoras: conchas con restos de cosméticos, redomas de arcilla para los perfumes, escudillas de bronce con espejos, palillos para pin­tarse las cejas...

Sin embargo, no sólo en las murallas anidaron los últimos defensores. La residencia del ángulo norte, por ejemplo, ha dado lugar a otros hallazgos' en una espesa capa de cenizas, evidente resto de un incendio, se habían acumulado residuos de dátiles, nueces, aceitunas, cereal, granada, sal. Junto a ellos, algunas monedas mostraban la leyenda " ¡Libertad para Sión!"- era la prueba indudable de la era de la rebelión. Pero el hallazgo más sugestivo y trágico, en la misma zona, es la que dejamos que describa el mismo Yadin: "Sobre los peldaños que conducían a la piscina del agua fría, y en el suelo contiguo, estaban los restos de tres esqueletos. Uno pertenecía a un hombre de unos veinte años, tal vez uno de los comandantes de Masada. Junto a él hallamos cientos de escamas de plata de coraza, dece­nas de flechas, fragmentos de un chal para oraciones y hasta un cacharro con letras hebraicas grabadas. No muy lejos de allí, siempre en los peldaños, estaba el esqueleto de una mujer joven que se había conservado a la perfec­ción debido a la extrema sequedad del clima. Sus negros cabellos, recogidos en hermosas trenzas, parecían recién peinados. Al lado, la túnica estaba manchada con algo que parecía sangre. Junto a ella había sandalias femeni­nas de bella hechura, labradas según la moda de la época. El tercer esqueleto era el de un niño. No podía haber du­da alguna, teníamos delante algunos de los defensores de Masada".

Por lo demás, otros esqueletos salieron de una gruta situada en la pendiente sur del peñasco, confirmando los indicios de la muerte cruenta que precedió a la caída de la fortaleza. Pero la presencia de los últimos defensores no se limita a estos indicios, un baño ritual, construido según las más minuciosas normas de la religión hebraica, y una sinagoga que se cuenta entre las más antiguas has­ta entonces conocidas, indican la vida religiosa junto a la vida militar Por último, el hallazgo máximo una serie de manuscritos más o menos fragmentarios nos trae los textos bíblicos de la época, integrando con un testimo­nio no menos valioso los célebres manuscritos del Mar Muerto. Inclusive aquí hay más. si los manuscritos del Mar Muerto, hallados en grutas no lejanas de estos para­jes, podían dejar abiertas algunas dudas respecto de su fecha, los de Masada -provenientes de excavaciones regulares en una fortaleza destruida en el año 73 d. C.- deben ser necesariamente anteriores a dicha época, y por consiguiente aportan la última confirmación decisiva a la autenticidad de un conjunto de descubrimientos que en .os últimos años asombró al mundo entero y a los estu­diosos.

Pero la conmoción de Masada vive y vibra hoy, sobre todo, en el recuerdo de sus heroicos guerreros. Y asu­me grandiosidad de leyenda la figura de su jefe, Eleazar, que cuando todo parece perdido señala, con un memo­rable discurso, el camino de la muerte antes que la esclavitud. De esa muerte la arqueología nos ha entregado, con impresionante evidencia, los míseros restos humanos; mientras que la historia, con las palabras transmitidas por Flavio Josefo, nos ha entregado paralelamente un testimo­nio de ellas que no será posible olvidar. Dijo Eleazar: "Puesto que hace mucho tiempo, oh mis generosos amigos, decidimos que nunca seríamos esclavos de los romanos, ni de ningún otro excepto Dios, quien es único señor verdadero y justo de los hombres, ha llegado el mo­mento de poner en práctica esta resolución... Somos cons­ientes de que ese mismo Dios que antes protegió a la nación hebrea, la ha condenado ahora a la destrucción... Fue este un signo de la ira de Dios contra los muchos pecados de que nos hicimos culpables hacia nuestros con­dicionales. Procuremos no recibir el castigo de los romanos, sino del mismo Dios, ejecutándola con nuestras manos , porque así será más apacible que la otra. Que nues­tras mujeres mueran antes de ser injuriadas, nuestros hijos antes de haber saboreado la esclavitud; y después de matarlos, concedámonos recíprocamente este bien que nos dará gloria, ¡conservémonos libres como nuestro ma­yor monumento fúnebre!".

 

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